Los símbolos del Ideario de nuestros colegios agustinianos (I)
Paulino Lobato Quijano
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En nuestros Colegios la palabra “agustiniano o agustiniana” resuena por todas partes. Hablamos del ideario agustiniano, de familia agustiniana, del talante agustiniano, de la educación agustiniana, etc. Sucede lo mismo con nuestros anagramas, lemas, siglas, etc. |
I. LOS SÍMBOLOS DE UN IDEARIO
La figura del corazón atravesado por una flecha y asentado sobre las páginas de un libro abierto, aparece en agendas, carteleras, uniformes, página web, etc. No se puede negar que, por lo menos aparentemente, existe por nuestra parte un claro empeño por tratar de imprimir al Colegio lo que podríamos llamar una impronta agustiniana.
Ahora bien, se podría pensar que este afán por hacer visibles nuestras señas de identidad tiene una finalidad propagandística; lo cual que, visto de tejas abajo, no sería de extrañar, más si tenemos en cuenta que vivimos en un mundo donde, como luego diré, cada quien trata de vender su propia mercancía a golpe de marketing. No es, sin embargo, como veremos, el ánimo publicitario ni nada que tenga que ver con las leyes de mercado lo que justifica esa profusión de símbolos y signos.
Tampoco se trata de ensalzar las glorias de la orden agustiniana trayendo a nuestras aulas aquellos mismos símbolos que, aunque semiborrados en muchos casos por la acción erosiva del tiempo, aún se adivinan sobre la fachada de multitud de conventos, hospitales, universidades, escuelas, asilos, etc. Vestigios, todos ellos que, aunque dispersos por todo el mundo, justificarían sobradamente el sano orgullo de pertenecer a una institución comprometida desde sus orígenes en la promoción del ser humano y, muy especialmente, entre aquellos sectores más desfavorecidos de la sociedad. Desde luego que han sido innumerables los agustinos que, a través de los siglos y tan solo con las armas representadas por ese corazón y ese libro abierto, llevaron hasta los más apartados rincones del planeta, junto con el mensaje evangélico, formas de vida más acorde con la dignidad del ser humano.
Recordemos ahora a título de ejemplo a personajes tales como Alonso de Veracruz (1507-1584), cofundador con Francisco de Vitoria del Derecho de Gentes. Él fue el iniciador de los estudios universitarios en México a la vez que creador en aquellas tierras del Derecho Agrario, instrumento jurídico en defensa de los nativos contra la adquisición fraudulenta de sus tierras por parte de algunos españoles sin escrúpulos.
También recordamos a nuestro famoso navegante y cosmógrafo Andrés de Urdaneta (1508-1568), gracias a cuyos conocimientos se hizo posible el famoso “tornaviaje”, ruta que evitando los temidos alisios, favoreció de manera decisiva el comercio entre China, Filipinas, México y España.
Reconozcamos que el ardor excesivo con que a veces se llevó a la práctica el lema agustiniano “vox veritatis non tacet” ha llevado a alguno de nuestros más grandes hombres a enfrentarse a los poderosos con desastrosas consecuencias. Ese fue el caso de Martín Lutero (1483-1546) quien no pudiendo soportar la imagen de una Iglesia, a la que consideraba en manos corruptas, optó precipitadamente por el enfrentamiento y después por la ruptura, siendo la figura más destacada de la Reforma protestante.
En nuestro convento de Salamanca vivió también Fr. Luis de León (1527-1591),uno de los más grandes poetas del Siglo de Oro. Él supo como nadie poner voz a ese deseo del alma que Agustín inmortalizó con esta frase: “nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. (Conf. 1, 1,1). Famoso se ha hecho su “decíamos ayer...”, frase con la que se dice comenzó la primera clase después de cinco años de sufrimiento en las cárceles de la Inquisición.
Más cercano a nosotros tenemos al P. Gregorio Méndel (1822-1884). Él fue el pionero en el campo de la genética con sus descubrimientos sobre los mecanismos de la herencia. De sus revolucionarios experimentos aún queda como testigo el pequeño huerto de nuestro convento de Brno, metrópoli de Moravia, en la actual República Checa.
Muchos otros religiosos, santos, humanistas y estudiosos, han contribuido desde de nuestros monasterios, bibliotecas, universidades, etc. no sólo al progreso de la humanidad, sino también a evidenciar la convergencia existente entre la fe y la razón.
Tampoco es que el adjetivo “agustiniano” que, junto al logotipo de la Orden aparece hoy en el frontispicio de todos nuestros colegios, pretenda apuntar hacia una supuesta mejor calidad de la enseñanza. Y es que en el plano de lo que se ha venido en llamar excelencia académica, nuestras pretensiones son bien simples: Aspiramos a impartir la enseñanza con la mayor altura y profesionalidad posibles de cara al logro de los objetivos generales establecidos en la legislación y dentro de nuestro propio Ideario.
Es evidente que a estas alturas sobra ya cualquier comparación entre la enseñanza pública, la privada, la concertada o, incluso, entre la impartida por las distintas instituciones religiosas. Cada una tiene sus propias características y cada una de ellas debe acomodarse a las exigencias propias del contexto social y marco legal en que se imparte.
Aquella especie de chauvinismo provinciano de otros tiempos consistente en ensalzar lo propio a costa de desconocer o, incluso, de denigrar lo ajeno, ha sido siempre ajeno al espíritu de nuestra Orden.
Viene lo anterior a cuento de los “éxitos” o “fracasos” a que parece apuntar los rankings que se publican en alguna comunidad autónoma sobre las famosas pruebas de nivel. La escueta publicación de los resultados sin tener en cuenta los múltiples factores y realidades sociales en que está inserto cada centro, ha dado pie a titulares de prensa tan inoportunos e injustos como los siguientes: “los cien peores colegios” o “los cien mejores colegios”. La ligereza de estas afirmaciones justifica sobradamente el disgusto y desánimo de quienes por tener que trabajar muchas veces en condiciones adversas, necesitan volcarse en tarea educativa con un espíritu de entrega y profesionalidad dignas de nuestra admiración y merecedora de un mayor reconocimiento social.
1. Formar Personas
Pero si, como hemos visto, no tienen por qué existir diferencias sustanciales entre los objetivos y modos de enseñar propios de las distintas clases de centros en lo que a la transmisión de conocimientos respecta, tampoco debe haberla en lo que se refiere a aquellos valores morales que por considerarse necesarios para fundamentar la convivencia en paz y en libertad, constituyen la base de nuestro sistema democrático.
Desde luego que la educación en nuestros Colegios, al igual que la de cualquier otro centro incardinado en el sistema educativo, ha de volcarse en la tarea de inculcar valores tan fundamentales como el respeto hacia la pluralidad, el sentido de justicia, de la tolerancia, del espíritu de solidaridad, honestidad, sinceridad y, en general, todos aquellos principios y valores que dignifican al ser humano y que rigen la buena y pacífica convivencia ciudadana dentro de nuestro marco legal de libertades.
Nuestra educación en valores tiene, pues, como objetivo principal formar personas preparadas, no sólo para desarrollar en plenitud su vida personal y familiar, sino también ciudadanos dispuestos a implicarse en la tarea de crear una sociedad más justa y en general, un mundo mejor.
Esa es precisamente la razón por la que continuamente exhortamos a nuestros alumnos a que, sin prejuicios y sin exclusivismos, fijen su atención en el ejemplo de tantos hombres y mujeres que desde las más diversa concepciones o creencias, se manifiestan como personas íntegras, honradas, sinceras, persona de principios, incorruptibles, personas, en fin, a las que en términos coloquiales se las suele denominar personas auténticas.
Ahora bien, llegados a este punto, es hora de preguntarnos ¿dónde se encuentra, entonces, la diferencia, entre nuestro modelo de educación y el de la escuela no confesional? ¿En qué se distingue nuestro estilo y el de otras Órdenes o instituciones religiosas dedicadas igualmente a la enseñanza?
2. Humanismo Cristiano-Agustiniano
Desde el máximo respeto hacia todas aquellas visiones sobre el hombre y el mundo compatibles con el pluralismo democrático, nuestra enseñanza opta por ofrecer una educación inspirada en el humanismo cristiano y en el pensamiento agustiniano. Estos son, por tanto, los dos conceptos que van a dotar de sentido a toda esa simbología a que de inmediato nos vamos a referir y que van a marcar nuestra diferencia con otros centros educativos.
Decir que nuestro colegio tiene un carácter cristiano significa, en primer lugar, que en sus aulas la formación científica toma como último punto de referencia la necesaria convergencia entre la fe y la razón.
La concepción del hombre y del mundo de la cual partimos es, pues, coincidente tanto con la Revelación como con las conclusiones a que se pueda llegar desde el campo de la antropología, de la biología, psicología, etc. Nuestros profesores, pues, nunca verán limitada su libertad al explicar el esfuerzo de la razón por alcanzar los objetivos que hacen más digna la existencia humana.
Por lo que se refiere al campo de los valores, el humanismo cristiano defiende como ideal la plena realización del hombre dentro del marco de los principios cristianos. Esto supone que a la hora de abordar temas tales como el fundamento la dignidad de la persona y sus derivaciones: derechos humanos, el sentido de la libertad, el principio de igualdad, el derecho al honor, etc., partimos de una visión del hombre que asume, pero que a su vez transciende, la concepción puramente racional de la naturaleza humana.
La inspiración cristiana del centro no termina en las anteriores consideraciones. La ineludible misión pastoral de todas nuestras obras exige que nuestro esfuerzo vaya dirigido también a posibilitar que los alumnos que así lo deseen puedan recibir aquella formación que les ayude a profundizar en el conocimiento y vivencia del mensaje evangélico.
La función pastoral se lleva a cabo principalmente a través de actividades, tales como la catequesis, grupos de convivencia, pascuas juveniles, preparación para las primeras comuniones, confirmaciones, etc. Ahora bien, como lo puramente catequético y pastoral debe distinguirse claramente de lo estrictamente académico es por lo que la participación en estas actividades es absolutamente voluntaria.
El matiz agustiniano al que hacen alusión nuestros símbolos tan solo significa que en el entendimiento y modo de transmisión de los valores propios del humanismo cristiano nos vamos a inspirar básicamente en la doctrina, en las experiencias y en la vida de esa gigantesca figura del pensamiento occidental que fue Agustín de Hipona.
Para Ortega y Gasset “Agustín es la única mente en el mundo antiguo que sabe de la intimidad característica de la experiencia moderna”. El filósofo W. Dilthey se refiere a él con estas palabras: “es el más profundo pensador entre todos los escritores del mundo antiguo”. Y Alfonso Gratry afirma: “Agustín es, quizá, el genio metafísico más profundo y más portentoso que han visto los tiempos”.
Pues bien, a través del profundo conocimiento que el llamado Águila de Hipona tenía, tanto del mensaje evangélico como de la propia naturaleza humana con sus tendencias, impulsos, pasiones, etc., vamos descubriendo, no sólo aquellas capacidades, valores y actitudes que precisamos cultivar de cara a conseguir el pleno desarrollo personal sino también aquellos aspectos negativos que necesitamos revisar para lograr nuestro equilibrio emocional dentro del marco de la concepción cristiana del hombre.
II. LOS SÍMBOLOS AGUSTINIANOS
El anagrama compuesto por la figura de un corazón flameante atravesado por una flecha y asentado, a su vez, sobre las páginas de un libro abierto, es el elemento identificativo de la Orden agustiniana. Ésa es la razón por la que aparece en cada rincón de nuestro Colegio.
Como complemento a esta simbología es frecuente ver algunos rótulos con leyendas del tenor siguiente: “mi amor es mi peso”, “ama y haz lo que quieras”, “la medida del amor es amar sin medida”, “si corriges, corrige con amor, si….”, “la verdad no es totalmente tuya ni mía...”. Otras, en fin, aparecen escritas en el latín original como: “vox veritatis non tacet” o “redi in te ipsum...” (De Vera Religione, 39,72).
Todas aquellas frases y símbolos que, incluso a nivel popular son bien conocidas, han sido entresacadas de las obras de san Agustín y, de alguna manera, vienen a sintetizar el enfoque y estilo que nosotros queremos imprimir a nuestra enseñanza. Se comprende entonces la gran importancia que para quienes nos encomiendan la educación de sus hijos representa la correcta comprensión de la ideología allí subyacente. Y es que, si educar es “sacar de dentro” (In Ps 139,15) conforme a un ideal de persona, en la aparente simplicidad de esta simbología, los PP. Agustinos tratamos de representar el concepto que nosotros tenemos de “persona”.
III. UN CORAZÓN
La figura central y constantemente repetida de nuestra simbología es un corazón; imagen esta que, como bien sabido es, ha venido a simbolizar ese sentimiento misterioso y complejo que jamás nadie ha sabido definir con precisión y al que venimos llamando AMOR.
Pues bien, esa figura aparece desde hace siglos como el principio inspirador del talante agustiniano. Veamos, pues, en qué sentido aquella imagen es orientativa del carácter que pretendemos imprimir a nuestros centros.
Necesitamos suscitar en nuestros jóvenes la búsqueda de la verdad para que surja su inquietud por elaborar respuestas propias a interrogantes tales como el sentido de nuestra vida, nuestro origen, nuestro destino, nuestra posición en el universo, etc.
1. “Mi amor es mi peso”
“¿Por qué el fuego va hacia arriba y la tierra hacia abajo?”, se pregunta san Agustín. La respuesta es coherente con los conocimientos de la época: porque el fuego tiene una fuerza interior que lo llevaba a subir, mientras que la tierra tiende naturalmente hacia abajo. En otras palabras, porque el fuego “ama” lo alto y la tierra prefiere lo bajo. Aplicado este principio a nuestras buenas o malas inclinaciones concluye Agustín que también nosotros vamos hacia arriba o hacia abajo dependiendo de aquello hacia lo que el peso del amor incline nuestro corazón. De ahí su famosa frase: “Mi amor es mi peso” (Conf., XIII, 9,10).
La figura central y constantemente repetida de nuestra simbología es un corazón, imagen esta que, como bien sabido es, ha venido a representar ese sentimiento misterioso y complejo que jamás nadie ha sabido definir con precisión y al que venimos llamando AMOR.
Pues bien, esa figura aparece desde hace siglos como el símbolo del principio inspirador del talante agustiniano. Veamos, pues, en qué sentido dicha imagen es orientativa del carácter que pretendemos imprimir a nuestros centros.
Nada tienen que ver, desde luego, la continua referencia al amor con un tipo de educación edulcorada en sensiblerías, estrecheces morales o misticismos religiosos. Como luego veremos, en el pensamiento de Agustín la educación del corazón corre pareja con el cultivo aperturista de la mente. Nada más alejado del estilo agustiniano que aquel modelo de formación ética y religiosa tan frecuentemente asociada, quizás un tanto injustamente, al talante de algunas instituciones religiosas.
Salta a la vista que un personaje de la profundidad intelectual de Agustín cuyo corazón inquieto peregrinó de un lado para otro tropezando, golpeándose o enfangándose en el lodo, difícilmente podía escandalizarse de las miserias humanas: “Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno” (Ep. 78,8), solía decir con cita de Terencio.
Dos son los principales mensajes que con la imagen de lo que venimos llamando el corazón agustiniano queremos transmitir de cara a la formación integral de nuestros alumnos.
El primero, se refiere a la educación en ese cúmulo de sensaciones, afectos y deseos que surgidos de vínculos familiares, de amistad, de pareja, etc., nos mantienen unidos de forma natural y espontánea a las personas más cercanas de nuestro entorno.
También, y muy principalmente, simboliza el continuo entrenamiento del corazón para que, superando las barreras de religión, ideología, nacionalidad, raza, etc., se haga patente como amor-justicia, amor-solidaridad y amor-misericordia.
El segundo y más profundo significado de ese corazón, se refiere a ese otro sentimiento igualmente vital y misterioso que se manifiesta en nosotros bajo una acuciante sed de la VERDAD. (Confes. VI, 3,10).
En su momento veremos cómo san Agustín sienta las bases de su pedagogía en la búsqueda incesante de esa Verdad: “La educación debe invitar al hombre a descubrir por sí mismo la Verdad que reina en su interior” (De Magistro, 11,38).
2. “Ama y haz lo que quieras” (In Ep. Jn, 7)
Con esta rotunda y conocida expresión enfatiza san Agustín la fuerza liberadora del amor.
Sin duda que aquella expresión tomada en su literal contundencia puede escandalizar; pero precisamente para evitar que sus palabras pudieran ser interpretadas como invitación a dar rienda suelta a los propios gustos o caprichos, se apresura a clarificar: “si te callas, hazlo por amor; si gritas, también hazlo por amor; si corriges, también por amor; si te abstienes, por amor. Que la raíz del amor esté dentro de ti y nada puede salir sino lo que es bueno.” (Ib.). Es claro que el que ama nunca hará nada en perjuicio de la persona amada.
Todos sabemos, sin embargo, que el amor es difícil de manejar. Cualquier fallo o descuido en el control del corazón puede arruinar nuestras vidas. Y es que, al menos aparentemente, el amor es voluble y caprichoso, a veces nos ciega y otras nos abre los ojos; en ocasiones se manifiesta como fuente de vida y en ocasiones puede destruirla; el amor puede herirnos y acto seguido curarnos; puede, en fin, elevar nuestro espíritu hasta las alturas y de inmediato hundirnos en la más profunda desesperanza.
Pues bien, en su accidentado caminar por los escabrosos senderos del amor, Agustín experimentó todas aquellas sensaciones, incluso en su versión más negativa.
Él mismo nos cuenta cómo apenas llegado a la adolescencia, siente que en su interior ha surgido una fuerza irrefrenable y misteriosa: ¿necesidad de cariño?, ¿pasión?, ¿erotismo?, ¿ternura? ¿ansias de compartir?, ¿necesidad de entrega? En verdad que ni él mismo es capaz de aclararse ante aquél cúmulo de sensaciones, a veces contradictorias, que le manejaban a su antojo: “Estoy hecho un lío”. (Conf. I, 12,19).
Por lo que se refiere a las vivencias de Agustín dentro del seno familiar, las expresiones de cariño debieron dejar paso en muchas ocasiones a las trifulcas con sus padres que veían cómo su hijo se iba deslizando poco a poco por pendientes peligrosas. Él mismo nos cuenta cómo el obispo Ambrosio consolaba a su madre, Mónica, con estas elocuentes palabras: “Un hijo que cuesta tantas lágrimas a su madre no puede perderse”. Más tarde llegaría a decir de sí mismo: “Yo he sido el hijo de las lágrimas de mi madre”.
Tampoco de algunos amigos guardará muy buenos recuerdos. La mala influencia que sobre él ejercían se refleja en estas amargas palabras: “estaban destrozando mi juventud llevándome por precipicios y sumergiéndome en una ciénaga de maldades”. (Conf.).
Nada está perdido, sin embargo, mientras la persona sea capaz de escuchar ese grito insobornable que de continuo interpela nuestras vidas. Ésta es la gran diferencia que media entre la persona inteligente que sabe escuchar los gritos de su conciencia y aquella otra superficial, irreflexiva e infantiloide que es incapaz de captar el alcance de sus propias acciones. Precisamente la ventaja de Agustín consistió en que, a pesar de sus yerros y desatinos, nunca perdió la capacidad de reflexión y de petición (Conf. X, 31,37).
Pero será cuando, pasados aquellos tormentosos años de juventud, descubre la verdad sobre el auténtico sentido del amor humano. Comenzará entonces a disfrutar de ese cariño limpio y generoso hacia su hijo Adeodato, hacia su propia compañera, hacia su madre Mónica, hacia los amigos, etc.
3. “La medida del amor es amar sin medida”
Con estas lapidarias palabras expresa Agustín la capacidad del amor para elevarnos hasta las cercanías del amor divino. Había llegado la hora de entregarse a los suyos de forma tan apasionada como antes lo había hecho con aquellos otros amores perniciosos que tan malos recuerdos traían a su mente.
Pocas páginas tan bellas se habrán escrito como aquellas en las que nos relata el placer que sentía en compartir los ratos de ocio con los buenos amigos: “Había en mis amigos otras cosas que me hacían cautivadora su compañía: charlar y reír juntos, ayudarnos mutuamente unos a otros, leer en común libros bien escritos, bromear, discutir a veces, pero sin acritud, instruirnos mutuamente en algún tema, sentir nostalgia de los ausentes, acogerlos con alegría a su regreso… Estos gestos y otros por el estilo, que proceden del corazón, eran los incentivos que iban fundiendo nuestras almas” (Conf.).
Pero donde la pluma de Agustín nos ha dejado las páginas más bellas sobre la grandeza del amor humano es a la hora de describir sus sentimientos ante la muerte de su gran amigo: “Sucedió, pues, que a vuelta de pocos días y estando yo ausente, cayó nuevamente enfermo y falleció. El dolor ensombreció mi corazón y cuanto veían mis ojos tenía el sabor de la muerte. Mi patria era mi suplicio, la casa paterna era una inmensa desolación y todo cuanto había tenido en comunión con él era para mí un tormento inenarrable. Por todas partes lo buscaban mis ojos, pero no podían verlo; todo me parecía aborrecible porque en nada estaba él. Nadie podía decirme “va a volver”, como cuando estaba ausente pero existía. Me convertí en un oscuro enigma para mí mismo. Le preguntaba a mi alma, ¿por qué estás triste y así me conturbas? (Sal. 41, 6), pero ella nada tenía para responderme. Y si yo le decía: “alma, espera en Dios”, ella se negaba a obedecerme pues tenía por mejor y más verdadero al hombre que había perdido, que no el fantasma en que yo le mandaba esperar. Mi única dulzura la hallaba en llorar sin fin. Las lágrimas tomaron el lugar de mi amigo, delicia de mi alma… porque yo sentí que mi alma y la suya no eran más que una en dos cuerpos, y por eso me causaba horror la vida, porque no quería vivir a medias y, al mismo tiempo, temía mucho morir, porque no muriese del todo aquél a quien había amado tanto.” (Conf. 4,8).
4. “La difícil tarea de educar en el amor”
Conmovedora resulta la imagen del anciano Agustín recordando con lágrimas en los ojos aquel día que su madre le echó de casa: “me prohibió comer en su mesa y dormir en su casa” o aquel otro en que habiendo decidido trasladarse a la capital del imperio, ella se empeñó en irse a vivir con él para preservarle de los peligros morales. Una vez más, sin embargo, sus intentos de controlar al hijo rebelde quedaron frustrados, porque allí, junto al embarcadero de Cartago, quedó plantada y llorosa la pobre Mónica, víctima de la astucia de su hijo, quien, tras aconsejarla que fuese a rezar a una iglesia cercana, aprovechó para tomar otro barco rumbo a Roma. (Conf. V, 8,14).
A distancia de tantos siglos, nos resulta difícil valorar hoy hasta qué punto aquella preocupación de Mónica por seguir tan de cerca los pasos de su hijo podría considerarse el método pedagógico más adecuado. Alguien podría pensar que aquella constante insistencia y “sermonería” podría resultar contraproducente por agobiante. De hecho, el mismo Agustín llega a decir: “mi madre me aconsejaba, insistía,… pero aquellos consejos me parecían propios de mujeres y sentía vergüenza de seguirlo”.
Pensemos, sin embargo, que el instinto materno no entiende de lo que hoy venimos llamando pedagogía científica. Lo único cierto es que Mónica no se rindió y al cabo de un año, preocupada por la suerte de su hijo, logró embarcarse también ella para Italia (Conf. VI, 1,1). Con la ayuda del obispo Ambrosio consiguió finalmente que cambiara de vida y recibiera el bautismo.
A Patricio, su padre, le preocupaba menos la educación moral de Agustín: “A él no le importaba que yo creciese en la fe, o que anduviese por el camino, con tal que fuese bien considerado. Por todo esto, se levantaron sobre mi cabeza los espinos de mis pasiones, y nadie me los arrancaba. (Conf. II, 3,5).
Salvando los mil seiscientos años que nos separan, aquellos conflictos familiares deben enmarcarse en ese difícil entendimiento que siempre ha existido entre los padres y sus hijos adolescentes. Vemos, pues, cómo los problemas de fondo siempre fueron los mismos: incertidumbre y, a veces, criterios distintos por parte de los propios padres sobre los valores y métodos que han de orientar la educación de sus hijos, rebeldía por parte de estos, ansias de libertad, discusiones, berrinches, portazos, etc.
En la escuela agustiniana somos conscientes de la enorme responsabilidad que compartimos en cuanto a la educación de los jóvenes. Y es que son muchos los aspectos biológicos, psicológicos y espirituales necesitados de una continua atención para lograr un equilibrado desarrollo del menor. La tarea es tan delicada y requiere tanta atención que el menor fallo puede acarrear consecuencias desastrosas cara al futuro de estos niños y adolescentes.
A nuestro cargo tenemos muchachos que, como es propio de su edad, frecuentemente se manifiestan rebeldes, autosuficientes y hasta a veces desafiantes, pero que, en el fondo, se sienten enormemente inseguros y desconcertados en su difícil caminar hacia la madurez. Ellos necesitan ayuda y, de una u otra forma, buscan en nosotros, los adultos, actitudes de apoyo y orientación. No es otro el sentido que queremos dar a ese rótulo que como una llamada de atención del Agustín adolescente y rebelde aparece en algunas tutorías y despachos de profesores: “Ojalá hubiera habido alguien que me hubiera encauzado; alguien que me hubiera ayudado,…” (Conf.).








