Los símbolos del Ideario de nuestros colegios agustinianos (II)
Paulino Lobato Quijano
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IV. CUANDO SANGRA EL CORAZÓN
Desgraciadamente, los latidos de ese órgano que los humanos hemos querido convertir en símbolo y barómetro de nuestro estado de ánimo, a veces, y por las más variadas razones, van acompañados de una dolorosa sensación de angustia, soledad, desesperanza o frustración. Estos sentimientos fueron vividos en toda su profundidad y rigor por Agustín mientras rastreaba apasionadamente ese “algo” que debería calmar sus ansias de amor. No otra cosa pretenden simbolizar esas gotas de sangre que en el escudo de la orden aparecen como destilando del corazón.
Bien podríamos decir que cada página de las Confesiones es un tramo del auténtico cardiograma que refleja el constante bregar de Agustín contra los impulsos de su inquieto corazón: allí el lector puede captar en todo su realismo el esfuerzo del continuo caer y levantarse, de la angustiosa incapacidad para controlar su temperamento impulsivo, de la amargura que en el dejaban las lágrimas de su madre, de la pérdida de los seres más queridos, de la separación forzada de la mujer a la que amaba y a la que no pudo hacer su esposa por ley de distinto nivel social, etc.
Se comprende entonces que el corazón mil veces herido de Agustín, haya marcado también nuestra forma de entender los aspectos más vulnerables del amor humano. La pedagogía agustiniana no puede desconocer que antes o más tarde, estos muchachos bulliciosos y despreocupados que cada día someten a prueba nuestra paciencia, algún día tendrán que enfrentarse a ese dolor del corazón que a veces alcanza a sus víctimas con un rigor inusitado.
El amor es una realidad frágil y quebradiza que es necesario manejar con muchísimo cuidado. Y es que, en ocasiones, y por las más variadas razones, esos sentimientos de cariño, amistad o afecto que parecían inquebrantables se resquebrajan, se rompen y, finalmente, desaparecen. Es entonces cuando el corazón sangra y hasta en ocasiones se “desangra”.
Queda allá, en lo más profundo del corazón, la fría indiferencia frente a quienes antes habían dado calor y sentido a nuestra existencia. Lo malo es que, a veces, ese desamor hace su presencia con una inusitada fuerza destructiva. Surgen entonces los conflictos, los traumas, los odios, los resentimientos; en una palabra, ese cúmulo de aversiones que enturbian la dimensión más noble y sensible del ser humano y que son la causa de tantas lágrimas y sufrimientos.
(Cada día estamos viendo cómo, por motivos nimios, hay familias que terminan rotas en mil pedazos. Amistades que parecían inquebrantables y que por la mala interpretación de un gesto, de una frase o de un olvido, desaparecen para siempre. Matrimonios víctimas de la falta de diálogo, etc. La cuestión consiste entonces en preguntarse ¿merece la pena caminar fatigosamente con el corazón herido?, ¿qué aporta a nuestras vidas el lastre de ese dolor?, ¿cómo curarlo o al menos aliviarlo?).
A pesar de las dificultades que conlleva el correcto control del corazón, no podemos olvidar que el amor no es solo puro sentimiento. De nuestra voluntad depende en gran medida su pervivencia, su fuerza y su vigor. “Siento “ o “ya no siento” parecen haberse convertido en “verdades objetivas”, y “el me apetece” o “no me apetece” en criterio suficiente para tomar decisiones serias en nuestra vida y en nuestro funcionar cotidiano.
Esa es la razón por la cual creemos imprescindible educar a nuestros alumnos en la disciplina del dar sin recibir nada a cambio, del sacrificarse anteponiendo las necesidades del otro por encima de las propias, a crear hábitos de respeto a la persona, de diálogo oportuno, de saber pedir perdón.
V. EL FUEGO DEL CORAZÓN
Expresiones propias de nuestro ideario tales como “en el interior del hombre habita la verdad”, “no quieras ir fuera de ti mismo” (De Vera Relig. 39,72) u otras semejantes, podrían llevarnos a la conclusión de que en el pensamiento agustiniano el corazón es entendido como pura interioridad o como mero misticismo autocomplaciente y huidizo de las realidades exteriores o, quizás, como sentimiento limitado al estrecho círculo de parientes, amigos o cercanos, pero sin vínculos ni compromisos con aquellos “que no son de los nuestros”.
De la mera observación y correcta interpretación de nuestro logotipo se desprende todo lo contrario: no viene representado el corazón como una estructura herméticamente cerrada. Antes al contrario, vemos cómo de él surge esa llama que a la vez sugiere Luz y Calor. Esas son las dos propiedades más específicas de la naturaleza expansiva y envolvente del fuego.
Interpretado lo anterior en clave de educación agustiniana, significa que nuestro esfuerzo debe ir dirigido a ejercitar a nuestros alumnos en el crecimiento de un corazón capaz de abrirse hacia horizontes de universalidad, sin distinción de personas por razón de su condición social, ideología, confesión religiosa, etc.
Nuestra misión perdería su carácter más genuinamente cristiano si, preocupados tan solo por orientar a los jóvenes hacia la consecución de su propio bienestar o hacia el logro de sus intereses personales, nuestro modelo de educación se desarrollara bajo criterios propios de ese individualismo egoísta que como valores supremos postula el éxito profesional, el “tanto valgo cuanto tengo”, el “sálvese quien pueda” o “caridad, sí, pero de lejos”.
Reconozcamos que en ocasiones la formación en el compromiso social cristiano se ha venido concretando casi exclusivamente a través acciones caritativas tales como campañas del “DOMUND”, “Manos Unidas” u otras ayudas puntuales o coyunturales. No se puede negar que este tipo contribuciones son tan necesarias como encomiable es el trabajo de quienes las organizan y se implican en ellas más directamente.
Ahora bien, lo anterior no exime al resto de la comunidad educativa de colaborar en la creación de un clima dirigido a mentalizar a los niños y a los jóvenes sobre su futura responsabilidad de cara a la construcción de un orden social más justo. Me parece que sin aquel complemento ideológico, llevado a cabo día a día, peligra que aquellas campañas queden en el recuerdo juvenil como meras jornadas de recaudación limosnera, cuando no en un divertido ir y venir por aulas y galerías con exhibición de huchas, bocatas, vales, etc.
Más lamentable sería, desde luego, que el profundo sentido pedagógico que debieran tener estos eventos, fuera percibido por nuestros jóvenes como uno más de los tantos recursos que en nuestras sociedades se suelen emplear como detergente para lavar nuestra mala conciencia frente a los escandalosas desigualdades sociales.
(En consecuencia con nuestro ideario cristiano sería deseable que en esas listas interminables de “alumnos ilustres” que como apéndice vienen a completar la Historia de alguno de nuestros centros de mayor raigambre, se vayan abriendo paso quienes, bien individualmente o bien integrados en las organizaciones sindicales, partidos políticos, grupos cristianos, Ongs o, en fin, desde cualquier posición que ocupen en la sociedad, han destacado en la lucha a favor de los derechos humanos).
La más valiosa aportación que desde el humanismo cristiano y desde la grandeza de corazón agustiniano pueden hacer nuestros colegios a la sociedad es la formación de ciudadanos que lo sean en toda su integridad: personas que, además de honestas en el cumplimiento de sus obligaciones legales de ciudadanía, sean capaces de rebelarse contra cualquier situación injusta, de exigir a los gobernantes una mayor atención a los menos favorecidos, de sentir compasión ante el dolor ajeno, de irritarse ante toda clase de marginación y, en fin, hombres y mujeres que a través del compromiso social sean capaces de generar paz, justicia y tolerancia.
VI. UN CORAZÓN ASENTADO SOBRE LA RAZÓN
Siguiendo con el simbolismo de los distintos elementos que conforman nuestro logotipo podemos observar finalmente cómo la figura del corazón se mantiene erguida junto a las páginas de un libro abierto.
Sabido es que la imagen del libro ha estado siempre asociada al cultivo de la inteligencia y al amor a la sabiduría.
La actividad intelectual de Agustín fue enorme. Escribió y profundizó sobre todos los campos del saber: antropología, ontología, teología, ética, historia, etc. Con toda razón dice de él su biógrafo, Posidio: “parecía imposible que un hombre pudiera escribir tanto durante su vida... Son tan numerosas sus obras que a duras penas un estudioso tiene la posibilidad de leerlas y aprender a conocerlas». (Vida, c.18).
Entre sus casi mil títulos publicados se encuentran las páginas más bellas y profundas que jamás se hayan escrito sobre temas tan sugestivos como el amor, el tiempo, la libertad, el problema del mal, la felicidad, la justicia, la paz, etc.
En cuanto a su amor a los libros, basta recordar lo que de él cuenta su amigo Posidio: “A su muerte, no dejó nada, pero recomendaba siempre que se conservara diligentemente para las futuras generaciones la biblioteca con todos sus códices.» (Vida, c.31).
Hasta tal punto el pensamiento agustiniano ha marcado la historia espiritual y cultural de Occidente que, como decía recientemente Benedicto XVI, “Pocas veces una civilización ha encontrado un espíritu tan grande como el de Agustín, capaz de acoger sus valores y de exaltar su riqueza intrínseca, aportando ideas y formas de las que se alimentarían las generaciones posteriores”. ¿Cómo podría faltar entre nuestras señas de identidad la referencia a la dimensión intelectual de Agustín?
Siguiendo la línea marcada por su fundador, la orden agustiniana ha considerado como objetivo irrenunciable, mantener el alto nivel académico de sus centros; y no solo, como hemos visto, cara a las expectativas profesionales de los alumnos, sino, más bien, porque creemos que en una visión humanístico-cristiana, la formación intelectual es un elemento íntimamente asociado al desarrollo equilibrado de la persona.
Un cultivo adecuado de la inteligencia tiene la virtud de estructurar y ensanchar nuestra mente ayudándonos a comprender el mundo en el que vivimos y a perfilar con mayor nitidez lo que podríamos llamar nuestro cuaderno de ruta hacia la autorrealización.
La ignorancia lleva frecuentemente a una visión distorsionada de la realidad, campo este abonado para el engaño y la manipulación, cuando no para la aparición de extremismos, sectarismos, y toda clase de intolerancias.
Pero es que, además, la inquietud intelectual y el deseo de ampliar conocimientos, amén de liberarnos de dependencias extrañas, nos proporciona ese material necesario para construir nuestro mundo espiritual, donde, superando la visión materialista de la vida, encontramos la paz interior a través de la religión, del arte, de la música, literatura o, incluso, de la conexión con la naturaleza.
No podemos olvidar, finalmente, la relación tan estrecha entre lucidez mental de Agustín y su capacidad para el diálogo y la tolerancia. Los grandes espíritus saben muy bien que la verdad no se puede confinar dentro de los estrechos muros de una mente o de una ideología, por muy respetable que esta sea. Movidos estos hombres excepcionales por un incondicional culto a la verdad, han buscado por todas partes, incluso en sus más declarados adversarios, un ápice de verdad como último eslabón para el entendimiento.
Bien sabía Agustín, que la palabra “verdad” como sinónimo de “certeza” ha de ser pronunciada con suma prudencia. La verdad es huidiza, en ocasiones compleja y rara vez se nos presenta en toda su plenitud. Tampoco es nada fácil saber dónde reside la verdad porque, como diría el filósofo, “la verdad gusta de instalarse unas veces en casa de Agamenón y otras en la de su porquero”.
El distanciamiento, tanto de un relativismo escéptico como de un dogmatismo a ultranza, es lo que llevó a Agustín a formular expresiones tales como esta: “la verdad no es tuya, ni mía, ni de aquel otro, sino patrimonio de todos”, o esta otra que desde el humanismo cristiano debiera alimentar el espíritu democrático: “en lo necesario, unidad, en lo dudoso, libertad y en todo, caridad”.
En el talante abierto y dialogante de Agustín ha encontrado la educación agustiniana su más característica originalidad. Tenemos la suerte de haber recibido nuestro carisma de un espíritu forjado a base de caer y levantarse, de tropezar con todos los errores filosóficos y teológicos del momento, un hombre, en fin, que midió sus fuerzas con toda clase de ideologías y que rehuyó siempre el anquilosamiento ideológico.
Somos conscientes de que los jóvenes que salen hoy de nuestros colegios están llamados a integrarse en un modelo de sociedad en que la convivencia entre personas diferentes por razones étnicas, culturales, religiosas, políticas o lingüísticas, demanda ciudadanos con una gran capacidad de tolerancia, de adaptación a los cambios sociales y respetuosos con quienes dentro de los esquemas democráticos, mantienen visiones distintas de la realidad.
El clamor de la verdad
“… y la Verdad estaba en mí, más íntima a mí que lo más íntimo de mí mismo; más elevada que lo más elevado de mí” (Conf. III, 6,11). Con estas palabras expresa Agustín la paz que experimenta su corazón cuando, tras su dramática carrera, cree haber encontrado por fin la fuente donde saciar su sed de verdad.
En el pensamiento agustiniano la Verdad y el Amor se encuentran en íntima relación. A la verdad se llega, por el amor. De ambos conceptos, amor y verdad, brota la felicidad que no es otra cosa sino el “gozo de la verdad” (Conf. 10, 23,33). Gandhi expresa esta misma idea cuando dice: “La verdad es el fin y el amor es el camino de la felicidad».
Nada tiene que ver la VERDAD a que se refiere Agustín con esa otra verdad teórica que sólo depende de la pura coherencia lógica y a la que más arriba nos hemos referido. Tampoco con esas pequeñas “verdades” circunstanciales que a veces tendemos a manipular a nuestro antojo. Menos aún con los dogmas de todo tipo que como instrumento de dominio tratan de imponernos los poderosos de este mundo.
La verdad agustiniana es aquella que, brotando de lo más profundo de nuestro corazón, es a la vez llamada silenciosa hacia lo transcendente, luz que nos permite distinguir lo efímero de lo contingente, grito que sin romper el silencio nos alerta desde nuestro interior contra los ruidos de la mente, contra los cantos de sirena de nuestros deseos, de las pasiones, de los egos, de los apegos…
Se comprende entonces que si el deseo innato de VERDAD es, junto con la fuerza liberadora del AMOR, lo que desde lo más íntimo de nosotros mismos nos tensiona hacia la plenitud de nuestra desarrollo personal, en nuestra simbología aparezca frecuentemente al lado a la silueta del corazón, esta frase que como cuaderno de ruta, nos indica dónde debemos buscar la VERDAD: “In interiore hominis hábitat veritas” (De Vera Religione, 39,72).
Agustín pasó toda su juventud vagando de acá para allá en busca de alguna migaja de VERDAD con la que aplacar la inquietud de su corazón. Llamó a la puerta de las ideologías, buscó en los placeres, en los éxitos personales, etc., algo, en fin, en que apoyar el sentido de su vida. En ese continuo vagar, se hizo maniqueo, escéptico, neoplatónico, etc. La curiosidad le llevó a aficionarse a la astrología, a los horóscopos y a probar en todas las sectas y corrientes filosóficas que por entonces estaban de moda. Finalmente, llegará a la convicción de que lo único que puede llenar el vacío del corazón humano reside en su interioridad, no en nada externo a él mismo.
A su vez, ahondando en los entresijos de la sicología humana, descubre que uno de los factores que más contribuyen al desequilibrio de nuestra personalidad es la falta de capacidad para penetrar en el propio mundo interior. Esto le llevará a exclamar: “¡Oh, hombre!, ¿hasta cuándo vas a estar dando vueltas? Vuélvete a ti mismo, contémplate, sondéate, examínate” (Sermón 52, 17).
«La verdad nos hace libres» (Jn 8, 32)
Han trascurrido más de dieciséis siglos desde que Agustín llamara la atención sobre la necesidad de volver la vista hacia nuestro interior. En línea con su pensamiento los modernos psicólogos y maestros de la espiritualidad siguen haciendo sonar las alarmas sobre el peligro de desorientación a que está avocado el hombre moderno a consecuencia, precisamente, de su incapacidad para comprender que el Norte de su vida se encuentra dentro de sí mismo.
Prima hoy el imperio de la imagen, de la propaganda consumista, del tanto soy cuanto tengo. Todo incita a mirar hacia afuera porque, con olvido de la dimensión espiritual del ser humano, el sistema capitalista occidental, ha logrado asociar la imagen del consumo a la felicidad. Lo malo es que bajo la aparente felicidad de quien lo tiene todo, late en muchas ocasiones la angustia, la falta de ilusión y el sentimiento de frustración.
El resultado de esta subversión en la escala de valores es preocupante: demasiados hombres y mujeres, vacíos por dentro, dispersos con mil bagatelas; en una palabra: desnortados. Más que nunca se está haciendo realidad la dramática reconvención del profeta Jeremías: «Está desolada la tierra entera porque no hay quien piense en su corazón» (Jer 12,11).
Bajo el lema agustiniano “noli foras ire; in te ipsum redi; in interiore hominis habitat veritas” (De vera Rel., 39, 72) tratamos de fomentar en nuestros alumnos actitudes de una honesta y sincera reflexión que les permita adentrarse en el misterio de su propia intimidad. Sólo allí, en las profundidades de su “mismidad”, podrán encontrar la respuesta a los grandes interrogantes de su existencia, comprender el significado y transcendencia de sus actos y afianzar con solidez y firmeza su proyecto de vida.



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