Invitación a la educación por y para la amistad
Isaías Díez del Río, OSA
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El amor ha de ser el motivador de la educación. Agustín, Cateq. Príncip. 4,8. El amor es el instrumento imprescindible para lograr una completa formación. Agustín, Las costumbres de la Iglesia católica, I,58,26 |
Toda concepción de la vida conlleva una doctrina educativa, o, lo que es lo mismo, todo sistema de educación está basado en una filosofía de la vida. Titular una publicación o, simplemente, hablar de “la escuela agustiniana”, además de hacer referencia a una institución y a una tarea escolar, indica un modo o manera peculiar de desempeñar la función o tarea educativa, distinta de la forma de llevarla a cabo otras instancias e instituciones, derivada, como decimos, esa peculiaridad de su particular concepción de la vida.
1. Identidad y carisma institucional
Aunque es cierto que todas las escuelas católicas/cristianas intentan transmitir el mismo mensaje religioso, no es menos cierto que cada una pretende transmitirlo de forma diferente. Esta diferencia o rasgo característico y especial es lo que se llama identidad o carisma institucional.
Todas las escuelas cristianas, por supuesto, tienen el mismo objetivo: transmitir, a través de la educación, el mensaje cristiano. Pero, eso no significa que todas tienen que hacerlo de la misma manera, con el mismo estilo o talante. La posibilidad de transmitir desde la escuela cristiana/católica el mismo mensaje evangelizador de modo diferente, dimana del hecho de que la identidad de los individuos y de los grupos no la forman o constituyen tanto los valores –en este caso, los cristianos–, que pueden ser compartidos, como la jerarquización que esos valores adquieren o adoptan en cada individuo y/o grupo. La manera concreta en que cada Institución religiosa jerarquiza los valores cristianos para su vivencia ad intra y su transmisión ad extra, es lo que constituye –decimos– la tarjeta de identidad o carisma de una Institución.
2. La amistad, carisma agustiniano
Responder, por tanto, al título de esta reflexión, implica hablar del carisma institucional agustiniano. Más en concreto, significa confesar lo que el autor considera el rasgo o perfil más característico de esta institución. O, lo que es lo mismo, significa poner calificativo al modo peculiar de vivir y de expresarse esta institución. Significa, en definitiva, calificar el estilo de vida, la identidad o el carisma de esta institución religiosa.
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La manera concreta en que cada Institución religiosa jerarquiza los valores cristianos para su vivencia ad intra y su transmisión ad extra, es lo que constituye la tarjeta de identidad o carisma de una Institución. |
Para nuestro propósito, partimos del principio de que el modo de obrar depende del modo de ser, por aquello de que “operari sequitur esse, el obrar sigue al ser”. Aquí, por tanto, vamos a fijarnos exclusivamente en el obrar, en la exteriorización de ese modo de ser, para de ahí poder deducir/colegir el ser de la institución. ¿Qué característica peculiar define el modo de obrar de esta institución, que la distingue de cualquier otra similar?
Socialmente parece que la actitud más notoria de los miembros de esta institución en su relación personal, siempre ha sido el humanismo liberal cristiano. Este humanismo arrancó y se personificó primero en san Agustín y, luego, siguió manifestándose en el continuado modus operandi de quienes vivían conformando su vida con el ejemplo y alimentando su mente con el pensamiento de Agustín.
Pues bien, ese continuado “modus operandi” agustiniano, en el transcurso del tiempo, quedó plasmado e inmortalizado en el conocido aforismo que, por eso, lleva el cuño agustiniano: “in necesariis, unitas; in dubiis, libertas; in ómnibus, caritas: en lo necesario/esencial, unidad; en lo dudoso/discutible, libertad; en todo, y con todos, caridad”.
La plena asunción y ejercicio de este principio como norma o actitud de vida, descubre y marca irremediablemente toda una específica forma de ser, y una manera determinada de manifestarse, tanto de las personas, como de la institución que las asume y practica. Tres son los elementos o principios constitutivos de esta actitud: Unidad, Libertad y Caridad. Unidad, que, en la inevitable diversidad de la vida, siempre expresa sintonía en lo esencial con el otro; Libertad, que, en la diferencia o disentimiento, siempre manifiesta respeto y tolerancia del otro; Caridad, que , en todas las circunstancias, siempre ofrece cálida acogida y amor incondicional al otro.
Llegar, con el correr del tiempo, a formularse este principio de convivencia humana, como espejo en el que se reflejaba la manera de ser y de actuar de un determinado grupo humano, es reconocer socialmente, en quienes lo poseen y transmiten, un ejemplo de ancho y magnánimo corazón en la acogida al hombre, y de no menos abierta, amplia y generosa mente en el diálogo y la comprensión de las ideas de los otros. Es reconocer en las manifestaciones y relaciones ad extra, el ejercicio ejemplar del humanismo cristiano. Y los que en su forma de conducirse en la vida eran así socialmente calificados, eran quienes seguían el ejemplo de vida y las enseñanzas de Agustín.
3. Amistad y educación
El carisma institucional modela no sólo las obras, sino también moldea los miembros de la institución. Por eso, ese liberalismo y humanismo cristiano en Agustín se concretiza y sintetiza en la virtud de la amistad. De ahí que la amistad deba aparecer proyectada en todos los ámbitos de actuación agustiniana, como es, p.e., en el ámbito de la educación. El espíritu agustiniano se encarna en la amistad porque, tanto en la vida, como en el pensamiento del fundador y de sus seguidores, siempre aparece este afecto como la pulsión humana más valorada en las relaciones interpersonales. En este caso, por supuesto, siempre sobredimensionada y enaltecida la amistad por la caridad.
Como elemento constitutivo de su identidad, también debe aparecer y manifestarse esta virtud en el ejercicio de la educación llevada a cabo por los miembros de esta Institución. La amistad, en efecto, es y debe ser la marca de la escuela agustiniana, pero no sólo por ser el rasgo definidor del carisma agustiniano, sino también por ser un factor esencial requerido/exigido expresamente por san Agustín en el ámbito concreto de la labor educativa.
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El espíritu agustiniano se encarna en la amistad porque, tanto en la vida, como en el pensamiento del fundador y de sus seguidores, siempre aparece este afecto como la pulsión humana más valorada en las relaciones interpersonales. En este caso, por supuesto, siempre sobredimensionada y enaltecida la amistad por la caridad. |
Agustín fue uno de los hombres más relevantes y cultos de su tiempo. No en vano fue catedrático de oratoria en la prestigiosa Universidad de Milán. Pues bien, conocedor como pocos de las ideas pedagógicas de su tiempo, trato de recuperarlas e implantarlas en todo el ámbito de su incumbencia e influencia. Aparte la praxis o práctica educativa efectiva, escribió varias obras pedagógicas, entre las que sobresalen “El Maestro” y “La Catequesis a los principiantes”, en las que traza las líneas generales de su pensamiento pedagógico. Todas ellas, eso sí, tienen por único referente la educación cristiana.
En su pensamiento pedagógico, que, además de las obras citadas, se encuentra disperso por otros muchos lugares de sus escritos, una insistente idea básica es que en la educación de los jóvenes, por encima de las teorías y metodologías, debe prevalecer siempre la amistad, ese “afecto personal, puro y desinteresado, que nace y se fortalece con el trato” (RAE). La amistad para Agustín es el condimento de la educación agustiniana. Baste, para certificarlo, de entre otros muchos posibles, unos pocos textos del santo.
Si el diálogo socrático siempre ha sido reconocido como un método ejemplar para transmitir con eficacia valores y saberes, Agustín lo acogerá e impulsará hasta el punto de definir la tarea educadora como “un encuentro amigable y amoroso con nuestros alumnos1. Como para Sócrates, también para Agustín, el educador es un “compañero de camino y de búsqueda” con el alumno2. Por eso, como en Sócrates, también en el pensamiento de Agustín la educación debe descansar sobre la pedagogía del diálogo y de la amistad.
Este acompañar al discípulo, en calidad de amigo y compañero, obliga al educador a empatizar con el alumno, para evaluar su concreta situación personal, y así poder transmitirle los conocimientos y valores más adecuados en cada momento de su vida. La educación implica comunicación de ideas, valores y afectos. Y la empatía es esa capacidad cognitiva y emocional del maestro de ponerse en el lugar del discípulo, para comunicarle los contenidos de la educación. Para poder lograrlo Agustín nos da este consejo: “nadie logra elevar a otro a su propio nivel, a no ser que él descienda al nivel del otro”3. Esta actitud requiere, evidentemente, la virtud de la empatía, ese rasgo característico de las relaciones interpersonales exitosas.
Ponerse en la situación del alumno, introduce al maestro en la dialéctica de “enseñar aprendiendo”4. Como un eco del pensamiento aristotélico “el amigo es otro yo”, que Agustín conocía, el educador agustiniano es un condiscípulo, que tiene conciencia de que “en tanto soy un buen maestro, en cuanto sigo siendo alumno”5. Esa conciencia de caminar juntos desde una perspectiva fraterna, que respeta siempre la diferencia, producirá en la escuela un clima educativo caracterizado por la paz y la armonía escolar, situación pintiparada para poder impartir excelencia educativa.
El amor, transmutado en amistad, no sólo es el signo distintivo del cristiano, sino también el factor más importante para hacer eficaz y atractiva la tarea educativa. “A los educandos… –nos dirá el santo– tanto más vivamente les haremos experimentar el agrado del aprendizaje, cuanto más íntima sea nuestra amistad con ellos”6.
La raíz de la amistad agustiniana, decíamos, es la caritas o amor desinteresado. ¿Acaso amistad y amigo no derivan de amare/amor? Pues bien, como en el resto de situaciones de la vida, también “el amor –afirma reiteradamente Agustín– ha de ser el motivador de la educación”7. En realidad, “la educación es un trabajo de amor”8. Ese convencimiento le lleva a afirmar que “la enseñanza y la educación que no viene motivada por el amor, desprestigia a la persona del educador y no beneficia a los educandos”9.
La implicación o vinculación del amor-amistad en la labor educativa, le lleva a Agustín hasta el extremo de afirmar que “el buen educador trata a sus educandos con amor de hermano, con amor de padre, y hasta con amor de madre”10. Pero, sin olvidar, como luego se dirá, que son personas diferentes, cuya diferencia hay que respetar.
Toda buena educación conlleva disciplina, que ha de ser impuesta por la autoridad del educador. Agustín es consciente de esta exigencia. Expresamente nos dice que “Dios ama la disciplina; y el educador ha de observarla e imponerla”11. Sin embargo, también nos dirá el santo que, mientras el amor sea el motor de la acción educativa, “no te preocupes demasiado por tu dureza con los alumnos; preocúpate más bien, de tu amor para con ellos”12. Pues, en este caso, la disciplina nunca se convertirá en un sustituto del amor.
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La amistad, en efecto, es y debe ser la marca de la escuela agustiniana, pero no solo por ser el rasgo definidor del carisma agustiniano, sino también por ser un factor esencial requerido/exigido expresamente por San Agustín en el ámbito concreto de la labor educativa. |
Serían interminables los textos donde Agustín transmite el mismo pensamiento pedagógico. Si la amistad, como decíamos al comienzo, define el ser del carisma agustiniano, es lógico esperar que esta virtud o actitud ante la vida se proyecte sobre todas las obras y situaciones de la existencia, por la vinculación que siempre existe entre el obrar y el ser. La educación, a la que el santo otorga tanto valor, no podía ser una excepción.
Pero, como acabamos de constatar, la amistad es factor o elemento básico de la educación, no por el mero y solo hecho de dimanar o derivar del carisma agustiniano, sino por ser elemento o factor expresamente resaltado por Agustín en el ámbito concreto de la educación.
Aunque estos principios pedagógicos –insistimos son, en general, aplicables en todas las políticas educativas, van especialmente dirigidos para ponerlos en práctica en la educación cristiana. En esta educación nunca debe perderse de vista que, para Agustín, el hombre es un peregrino en búsqueda constante y compartida de la verdad. Esa verdad buscada –nos dirá reiteradamente–, no es mía ni tuya, sino de todos. Por eso todos debemos buscarla en compañía. La mejor plasmación de esa actitud existencial agustiniana es la que viene recogida y expresada en los conocidos versos de Antonio Machado:
¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela
(P.y C. LXXXV)
No está de más recalcar que esta importancia de la amistad en la tarea educadora se sustenta sobre un fuerte soporte psicológico. La situación psicológica del joven está definida por la imperiosa necesidad que tiene de comunicación y diálogo, situación anímica en la que aparece el amigo como la única persona dispuesta a escucharle y con capacidad de entenderle.
A pesar de esta insistencia en la práctica de la amistad en el ejercicio de la tarea educativa, hay que advertir que esta cercanía afectiva no debe impedir reconocer al otro en su otredad, y, por tanto, respetar la diferencia. Ejercitar la amistad significa “fraternizar” las relaciones humanas, creando comunión en la diferencia. “El primer deber del paisajista –escribió en algún lugar Eugenio d’Ors– es no formar parte del paisaje”. El primer deber del educador, es no sustituir la personalidad del educando.
A pesar de la cercanía que conlleva la actitud amistosa, el primer deber del educador y profesor, insistimos, es mantener y respetar la distancia que exige la diferencia o identidad propia del discípulo. En la educación, como en cualquier otra situación, debe aplicarse lo que Antonio Machado quiso expresar en los versos:
Enseña el Cristo: A tu prójimo
amarás como a ti mismo,
mas nunca olvides que es otro
(P.y C. XLII)
El joven tiene una enorme necesidad de ser reconocido por parte de los otros como sujeto único y distinto. Necesita ver reconocida y aceptada su identidad, sobre todo, por las personas que son significativas para él, como lo es o debe serlo el educador.
Pies de página
1 El Maestro, 11,38; La cat. príncip. 12,17.
2 El Maestro, 11,38; Sermón 292,1
3 Carta 11,4
4 Carta 166,1.
5 Sermn 244, 2.
6 Cateq. Príncip., 12,17.
7 Cateq. Príncip. 4,8.
8 La bondad de la viudez, 21,26.
9 Cateq.princip. 4,8.
10 Cateq.princip. 12,17.
11 Comentarios a los Salmos, 50,34.
12 La utilidad del ayuno, 9.
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